Joyce Carol Oates, una escritora fundamental, Infieles y Una hermosa Doncella

Descubría a Joyce Carol Oates como siempre tropiezo con los grandes autores, tras la nominaciones del discutido Premio Nobel que recayó sobre Bob Dylan. (la comunidad biempensante las más de las veces acude con su diagnóstico de grandes autores, a pesar de que los jóvenes intelectuales con ínfulas de escritores no hagan otra cosa que criticar esas decisiones, aduciendo que sólo obedecen a un criterio político y no literario, algo de lo que no estoy de acuerdo)  Habitualmente suelo esperar a que esto ocurra para informarme de autores inaccesible que nunca ocupaban las primeras filas en las baldas de las librerías y quienes no gozan de unas cubiertas psicodélicas ni atrayentes, sino que están recogidos acumulando polvo en una esquina, si tienen la fortuna de exhibirse en primera plana y no están en una segunda fila inaccesible. Ocurrió el año anterior con Svetlana Aleksiévich, ocurrió mucho antes en mis tiempos de universidad con Coetzee, y con muchos otros escasamente publicados en España como Harold Pinter y tantos otros autores de primer orden que parecen ser incómodos e irascibles a una plácida lectura. No hubiera dado mucho este año por la concesión del Nobel a Dylan, y más con los pesos pesados, muchos mediáticos, con los que competía. EL inconmensurable Murakami, el africano T´hiongo con su crítica feroz al totalitarismo y a las exageraciones de los colonialismos con una prosa divertida que en ocasiones me recuerda al realismo mágico del  gran y desaparecido Gabriel García Márquez. Sin embargo, ¿quién era aquella candidata, Oates, a quien sabía que había visto en literatura de bolsillo pero a la que nunca me había acercado?. Sí me adentre en su prosa sugestiva y minimalista, donde los detalles tienen una relevancia significativa y embellecen un relato con unos tintes psicológicos que pocos autores de hoy en día pueden conseguir. Compré primero en una estupenda traducción una recopilación de relatos titulado “Infieles”, su prosa descargaba una grandeza que uno no podía encontrar en relatos contemporáneos, tal vez no con las dimensiones a los que los europeos estamos acostumbrados. Algo que tiene de interesantísimo la narrativa norteamericana es que la gran mayoría de sus autores escribe relatos como si se tratara de sus mejores obras. Gozan de una tradición incomparable. Capote, Faulkner, Fiztgerald, Steinbeck, todos ellos cosecharon el relato, los contemporáneos Foster Wallace y Voltman han hecho lo propio llevando el relato a unas cotas intelectuales elevadísimas con un lenguaje barroco y unos planteamiento postmodernos. Pero sin llegar a  ese extremo de experimentalismo nos encontramos con los fantásticos relatos de Oates, relatos de gente, de personas corrientes, que se visten y comen y van al servicio, que vomitan, indigestas por enfermedades comunes, de personas como tú y como yo, con las obsesiones de la Infidelidad, de las sospechas del amante en su propia casa con su propia mujer y esas punzadas de celos que asoman en los heridos corazones de quienes se enzarzan en amores prohibidos, el resultado de unos celos enfermizos que hace acabar con matrimonio forzando situaciones de violencia. Todo adornado con una prosa incomparable que parece simular la piel de una cebolla, yendo desentramando poco a poco, como los grandes escritores, enseñando la realidad a poquito, como si fuera desprendiéndose de cada una de las capas de la cebolla. Poco a poco la situación cotidiana se complica y conduce inexorablemente por vericuetos que de por sí y tal y como nos condujeron por ellos comprendemos que no pueden ser diferentes. Hay un relato magnífico donde dos niñas recuerdan el día en que su madre se fue de casa, la vieron tendida desnuda sobre la cama, sin  ningún tipo de pudor, aquejada de los achaques de la menstruación, exhausta y dolorida, pero uno entiende que ese dolor que la adormece anestesiándola del mundo no es físico, es mucho más hondo, es metafísico. El relato empieza a contar la sensación de las dos hermanas, de su necesidad de una madre que no está, que se fue y que solo entienden que huyó por las lenguas ponzoñosas de los vecinos del pueblo, por los sermones del pastor en la iglesia quien fija las iras de Dios sobre esa señora que abandonó a su marido. Todo el relato se encuadra en ese hecho, en que se fue y en lo que dejó dentro del corazón de aquellas jóvenes. De esa sensación de desamparo, de falta, de necesidad. El final es imprevisible. Casi en el lecho de una de las dos hermanas, las revelaciones surgen como por decreto divino, tras unas lluvias torrenciales que desbordan el margen de un río y la riada levanta antiguos areneros cerca de su casa. Increíble relato, donde la condición humano, la desvirtud por el exhibicionismo, la necesidad de poseer la vida de la persona que amamos, la necesidad de borrar todo lazo con el mundo que no sea uno mismo, que ate en el corazón de tu amada otro poste que no seas tú, los celos, la tortura de los celos y las consecuencias incomprensibles que tan solo un corazón celoso puede comprender pero jamás justificar.

 

Los relatos de esta recopilación me dejaron fascinados, por lo que decidí peregrinar por las librerías buscando más material de esta autora prodigiosa. Siempre entro por lo que en Europa reconocemos como obras menores, que son esos libros de relatos, y me hago una composición de lugar, de la mente del autor y de su escritura, ya que si he de gastar mi tiempo prefiero que sea en algo sublime que me atrape que en algo por lo que simplemente esté obligado a leer porque el canon me exige leerlo.  Así que desfilaron por mis manos varios libros, de diferente tamaño, hasta que no me decanté por un pequeño librito, que he de confesar es una pequeña joya de la literatura.  “Una hermosa doncella”, el comienzo es absolutamente desconcertante, una nany, jovencísima, apenas alcanza la mayoría de edad, pasea a los niños que está destinada a cuidar como interna en una familia acomodada por el bulevar, mirando, mejor dicho, degustando las perlas que se exhiben en los escaparates de las tiendas más exclusivas. Ve joyas, ropa de baño, hasta que se centra en un conjunto sensual de ropa de interior y algo dentro de ella lo desea, una voz tras su nuca, como un demonio que la tienta, la dice que elija, que no detenga sus ojos sino justo en el producto que más le llame la atención, algo que desee de verdad. La voz suena jovial, pero áspera, de un hombre entrado en años, sabia, con ese pozo amargo de haber vivido una vida, de haber advertido que no todo es llano, que las curvas y las pendientes cuesta arriba es lo que impera en la vida, y esa voz le reclama insistentemente que elija lo que más desee. Ella no hace caso, a pesar de que su mirada se deleita en aquel juego sensual de ropa interior y piensa en los dedos jóvenes de un hombre recorriendo cada recoveco de su carne y se estremece al tiempo, pronuncia justo un deseo mentiroso, el de un juego mucho más coqueto y excesivamente pero el que resta sensualidad. Es más moderado, impersonal y atípico para un cuerpo que empieza a explotar con sus frutos prohibidos de la concupiscencia. No entiende a aquel señor que la acompaña, y siente algo así entre vergüenza y miedo y llega incluso a creer que es un pervertido y un violador de menores. Aún así, el hombre acaba la cita dándole su dirección y ella termina a los días siguientes acudiendo a su casa.

 

 

¿Qué es lo que le atrae del anciano? Al final uno no entiende qué motiva a la joven a acudir a la cita. Su historia personal se va desarrollando a través de recuerdos que afloran emergiendo y descubriendo una historia que se aproxima a una silenciosa tragedia. Su padre huyó cuando era ella aún una niña, y su madre es una díscola adulta, maniática y manipuladora, que dilapida todo el dinero que cae en sus manos en las maquinas tragaperras y en los casinos. Una de las veces la madre la llama a la casa de la señora para pedirla un dinero para saldar unas deudas que ha contraído a causa de una mala racha en el juego. Sabe maquillar la realidad y enredar los sentimientos en una decisión que fácil hubiera resultado que se tomara desde la cabeza y haberla dejado sin blanca y a merced de la deuda que adquirió. Sin embargo, la hija acude al anciano. En él hay siempre algo enigmático y que se desdibuja, crees que es un hombre anciano con el afán de aprovecharse de una jovencita. El primer regalo que la hace es precisamente ese juego sexy de ropa interior que ella miraba en el escaparate, no aquel que señaló con la voz, mojigata y sujeta a prejuicios morales, sino aquel por el que los ojos y la imaginación desbocada se precipitaba. Sabe que él la conoce mejor que nadie, pero la aterra, eso la aterra, la evidencia de conectar con alguien a quien además no puede predecir. No sabe qué busca y eso la desconcierta. Ese traje sensual puede significar únicamente un regalo que no se puede pagar y que el hombre le regala sin otro afán, o puede significar que requiere una devolución, el probarse dicho traje ante él y disfrutarlo sus ásperos y arrugados dedos, una invitación al lecho de la perversión. Siempre esta esa tensión, parece que se insinúa, que el hombre quiere, necesita poseerla. Y ella regresa, siempre vuelve, en una rueda de necesidad. Él es todo lo que necesita, todo lo que nunca ha tenido. Le arrancan a su padre de joven, la revelación de que le ocurrió es sorprendente,  su madre desequilibrada se lanza al lecho de hombres disolutos y derrochadores, a veces patibularios, asesinos, ex presos, y malgasta en noches de hotel el dinero que no tiene, hermanas que se alejan de su madre, indignadas y anestesiadas ya, todo un cúmulo de desestructuración y mala suerte. Aquel hombre viejo, pero apuesto, con una voz donde suenan las monedas, con una promesa de un porvenir floreciente, acude y tensa esa realidad, una contradicción que emerge siempre poderosa. ¿Qué será de ella si se rinde al acto con aquel anciano? Seguramente sola la quiera para eso, para regalarse una noche de placer con una joven muchacha, solo se ha encaprichado de su presumible virginidad. Pero ahondando hay más.

 

Una novelita altamente recomendable. No pierdas la oportunidad de indagar qué es lo que motiva a aquel anciano, de aspecto juvenil,  a rondar a una jovencita que empieza a ser mujer.

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